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Literatura

La escucha como forma de resistencia

Par Cristina Flores Ortiz · 3 min de lecture

Cristina Flores Ortiz

En Dorayaki (An, 2013), Durian Sukegawa abre una ventana a un callejón de cerezos donde la vida transcurre en gestos repetidos. Sentaro, encargado de la tienda Doraharu, se mueve cada mañana con la inercia de quien ha dejado de esperar sorpresas: “Una brisa dulce soplaba a lo largo del callejón de los cerezos… constelación de pequeñas nubes en ebullición” (p. 9).

La belleza de los sakura en flor apenas roza su ánimo; la rutina de preparar dorayakis con pasta an industrial y reciclada de un día para otro sostiene un negocio modesto y sin alma, pues “Nada en su interior lo impulsaba a hacer lo que estaba haciendo” (p. 14).

La irrupción de Tokue, una anciana con las manos deformadas y un pasado marcado por la enfermedad de Hansen, quiebra ese compás. Ella percibe en los dulces de la tienda algo más grave que un defecto técnico: “En la pasta an no se percibía nada de los sentimientos de la persona que lo había preparado” (p. 15). Su observación no es un reproche trivial. Con su llegada, la cocina de Doraharu se convierte en un espacio de diálogo entre el tiempo mecánico de la economía de mercado y el tiempo paciente del cuidado artesanal.

La novela amplía su horizonte cuando Sentaro y Wakana visitan a Tokue en el Museo Nacional de la Enfermedad de Hansen y el sanatorio Tama Zenshoen, su lugar de residencia. El acceso está marcado por una barrera física y simbólica: “Una fila impenetrable de acebos… una barrera mucho más eficiente que la que había en las cárceles” (pp. 101-102). Allí, Tokue comparte retazos de su vida interna; los paseos hasta la colina para divisar las montañas del lugar de origen, el encuentro con su marido pastelero, la dureza de la enfermedad y la dignidad ante el dolor. “Nunca le escuché mal decir… Resistió muchas cosas” (p. 106), recuerda. En este espacio, el tiempo personal y el histórico se superponen, y la memoria se vuelve un acto de resistencia contra el olvido.

Wakana, joven estudiante que conoce a Sentaro y Tokue en Doraharu, es un personaje que aporta frescura y apertura generacional a este diálogo. Su curiosidad sincera le permite acercarse a Tokue sin el filtro del prejuicio, escuchando con interés su historia y formulando preguntas que abren grietas en el silencio. Ella representa un presente todavía moldeable, capaz de mirar la enfermedad y el pasado con empatía antes que con miedo. En las escenas compartidas con Tokue, Wakana actúa como receptora de un testimonio que, de otro modo, se perdería, y como puente entre la memoria de la exclusión y una posibilidad distinta de futuro.

Pero esa posibilidad de cambio convive con el peso del estigma que marcó la vida de Tokue, y que continúa latente. En el mismo callejón donde florecen los cerezos, la voz de la dueña de la tienda lo reactiva con crudeza, cuando le dice a Sentaro: “¿Qué pasará si la gente se entera de que una tienda de dulces contrata a una persona enferma de lepra?” (p. 73). Así, la apertura que encarna Wakana se enfrenta al eco persistente de un prejuicio que atraviesa generaciones. El cronotopo cotidiano —la tienda, la cocina, el callejón— se ve contaminado por un prejuicio que sigue vivo en el presente, y la tensión se instala como una amenaza silenciosa que obliga a Sentaro a decidir de qué lado está.

Dorayaki se despliega como una meditación sobre la dignidad, la memoria y la ternura como formas de resistencia. Sukegawa recuerda que incluso un dulce sencillo puede contener la historia entera de una vida, y que escuchar —a las personas, a los árboles, incluso a los granos de azuki— es un modo poderoso de oponerse a la indiferencia.

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