Un demonio ronda las aulas de la Facultad de Artes.

Parece un día normal en la facu. En mis años como docente he visto a estudiantes de primer ciclo ilustrar personajes dignos del concept art de una película de Pixar. Pero aunque sea muy gratificante apreciar tales imágenes, éstos talentos no provienen de conocimientos o habilidades adquiridas en mi clase.

Para que una estudiante de diseño pueda producir ilustraciones bellas debe aprender varias técnicas, hechizos, conjuros mágicos y estrategias como: proporciones, materiales de arte, anatomía, perspectiva, composición, cromática, invocaciones y un largo etcétera. No pueden haber aprendido todo eso en un solo ciclo, ni en dos ni en tres, entonces ¿cómo lo logran?. La respuesta es muy obvia pero vale la pena explorarla. En conversaciones, algunos jóvenes mencionaron haberse iniciado en las artes del dibujo a los 8 años, otros a los 12. A grandes rasgos, al momento de ingresar en la carrera, algunos jóvenes ilustradores tienen un aura de guerrero, traen consigo varios años de experiencia.

Naturalmente no todos los estudiantes llegan tan entrenados, hay quienes apenas empezaron a dibujar al ingresar a la carrera. Estos comprenden muy pronto el esfuerzo que implica hacerlo “bien”, en comparación con los más duchos. Muchos tienen miedo de no lograrlo, de no tener el don, o quizá solo pereza de tomarse la molestia. De cualquier manera esa duda los hace vulnerables…

Entonces el docente hace su aparición, sin saber del todo a qué se enfrenta. Con el tiempo me he impuesto la delicada tarea de incentivar a los estudiantes, ayudarles a encontrar la motivación correcta, contarles de las increíbles aventuras que encontrarán en el camino, para que así hagan el esfuerzo y se aventuren a entrar en el interminable bosque del conocimiento. Mi objetivo oculto es que les apasione lo que hacen y solitos encuentren el camino.

¡BUAJAJAJAJA! [sonidos de truenos]

Para este cometido recurro a ciertos artilugios, les cuento de mis aventuras, las razones por las que a mí me apasiona ilustrar o pintar. Les muestro cómo he resuelto proyectos, les enseño ejemplos, artistas que admiro, vemos películas, hablamos de historias fantásticas. Pero a veces no es suficiente. A veces las experiencias son intransferibles, a veces no logro conectar, porque les caí mal o porque no vieron la serie de la que les hablo. Pero otras veces, se trata de algo más, algo intangible y antiguo, una presencia maligna que se infiltra en el salón de clases: un enemigo silencioso que está ahí desde antes que yo llegara. Lleva un tiempo hablándoles a mis muchaches al oído, sembrándoles una idea tóxica en la cabeza, como un virus ideológico, una sanguijuela que se alimenta de la incertidumbre, del miedo a lo desconocido, a perder el tiempo, a no tener trabajo, ¡del miedo al fracaso!

—Profe, ¿para qué me voy a esforzar tanto aprendiendo tantas cosas si con la IA puedo hacer ilustraciones garísimas más rápido y sin esfuerzo?— las palabras de Shinigami salen de la boca del estudiante.

Silencio en la sala.

¿Qué hago? ¿Finjo demencia? ¿Le pongo cero? ¿Hago una limpia? o peor aún ¿invento mecanismos de control para que no haga el trabajo con IA?, ¿y si no me doy cuenta? ¿y si le amenazo? ¿salgo corriendo?

¡Siguiente movimiento René!

—¡Te me vas!— chendo.

Esta pregunta desgarradora y desconcertante interrumpe mi fabuloso plan A, pero no viene de la nada. La inquietud es legítima, hay un Demogorgon en la sala.

—¿Para qué tomarse las molestias si se puede resolver así de fácil?. Al fin y al cabo el cliente ni se da cuenta y probablemente el público que la vea tampoco. Lo que importa es que esa imagen sea linda —redoble de tambores— y se venda.

¡Ajá! ¡Te tengo!

Hemos visto la vertiginosa proliferación de “productos culturales y artísticos” fabricados con inteligencia artificial generativa. Un tiempo fue curioso, luego fue divertido —cuando aún podíamos identificar la farsa. Pero últimamente ya asusta, uno ya no sabe en qué creer, las paredes se cierran y el engendro apesta. Se comenta en las esquinas que para finales de esta década veremos largometrajes escritos, producidos, actuados, musicalizados, distribuidos y recomendados por inteligencia artificial. Que la boca se me haga chicharrón. Es natural que un estudiante de diseño se sienta amenazado y se le ericen los pelos de la nuca al sentir el aliento baboso en la oreja.

—¿Dónde quedará el trabajo de los artistas, los actores, los traductores, ilustradores, diseñadores y escritores?, si el “arte” se hace solito. [sonidos guturales y de salpicaduras]

Cuentan los antiguos que en el campo de las artes, todos los recursos estéticos han sido edificados, durante miles de años, a punta de experimentación sensible. Todo lo que sabemos de cromática, composición y demás artificios hermosos es el resultado de la intensa exploración y sistematización de las experiencias internas humanas y ha sido cocinado en las calderas de los artistas durante milenios. El rol social del arte siempre ha orbitado la exploración de las sensaciones, la afección de los sentidos, la conmoción del inconsciente individual y colectivo. Pero esta sabiduría no decantó sola, un producto derivado de la estética hará que este conocimiento sea utilizado para persuadir a cuanto se cruce en su camino: la retórica. [sonido de otros truenos]

—¿Persuadir de qué?— dirá el lector intrépido.

La retórica es un cúmulo de estrategias, mayormente estéticas, cuidadosamente perfeccionadas para conmovernos el alma, desarmarnos, romper cualquier conjuro de protección y convencernos de lo que sea. Sin darnos tantas vueltas, nunca ha faltado un hechicero que use los profundos recursos retóricos del arte para persuadir. Desde los cuadros del renacimiento, hasta los discursos de flamantes dictadores.

por: René Martinez Sánchez

Así nació ese Nazgûl de la incertidumbre: durante el último siglo, el mundo del marketing y la publicidad se ha valido de las artes y el diseño para persuadir a las personas de que compren, lo que sea y a cualquier costo.

Nos vendes gaseosas con música, aerolíneas con danza, telefonía con esculturas, chocolates con tipografía, zapatos con performance, ideologías con literatura, cremas con cromática. En este ecosistema de “compro y luego existo” tiene sentido absoluto lo que pregunta mi estudiante.

—Si el objetivo de la ilustración es vender ¿para qué bla bla bla…?— mugre espectro piojoso.

De pronto puedo ver su silueta, se mueve de un lado a otro, tropezando, deja un rastro de baba en el piso, se acerca al oído de uno, luego de otra, pero puedo leerlo, no se me escapa:

—Todas las aplicaciones estéticas que el marketing y la publicidad necesitan para persuadir a sus públicos y aumentar las ventas se pueden resolver con IA generativaaaaa! [truenos otra vez]

Por eso el afán de dorar la píldora: “la IA es el futuro”. El círculo se cierra, la serpiente se muerde la cola. Nos vendes IA para hacer publicidad y vender más y más rápido y poder seguir comprando más IA. Perfecto.

No busco, con mi tono sarcástico, satanizar la venta de un producto artístico cultural, ni mucho menos romantizar la precariedad económica de los artistas. Mi intención es reflexionar sobre el lugar que debe ocupar el arte y el diseño en la sociedad. Tampoco quiero condenar el uso de inteligencia artificial generativa, ni modelos de difusión, ni grandes modelos de lenguaje: a pesar de que las discusiones sobre las políticas predatorias económicas, militares y ambientales de las enormes empresas tecno-feudales y sus modelos frontera, sus planes de conquista mundial, sus fábricas de dementores, existen muchas formas de utilizar sistemas alimentados por inteligencia artificial de manera responsable y ética.

¡Ahí está otro demonio! mucho más peligroso e implacable que el individuo que dice “esta es mi obra, este es mi aporte cultural, uuh uuh soy un creador” y ,total, no es más que un prompt de midjoruney. Si una amiga escribe un cuento fantástico y me pide que ilustre la portada, no usaría IA generativa ni para buscar referentes. Con qué cara voy a meter en mi portafolios una ilustración hecha con un modelo que no hace más de reencauchutar el talento de miles de ilustradores.

Esta sencilla idea me permite afrontar al Gollum deforme que asecha en las aulas de las carreras de artes y diseño con otros argumentos. Cuando un estudiante me haga la misma pregunta le diré levantando mi báculo:

— ¡Porque dibujar es sagrado! ¡Porque hacer arte nos permite conocernos a nosotros y a nuestros semejantes! ¡Porque las experiencias internas nos hacen humanos, y esforzarse por aprender y ser mejores nos ayuda a entender nuestro lugar en el mundo! ¡Porque uno crece en el esfuerzo! ¡Porque más temprano que tarde te va a dar vergüenza haberlo hecho con IA! ¡Porque el oficio del diseñador o artista no es vender sino producir sentido, conectar!. [todo en latín]

¡PUUM!

Así te quería ver, maldito, retorciéndote en el piso, echando humo.

La incertidumbre es natural en estos tiempos. Es un período de adaptación y por eso es importante estar atentos y vigilantes a la luz y las sombras. Genuinamente creo que los sistemas de programación con agentes que funcionan sobre modelos de lenguaje especializados han agregado una capa de abstracción fantástica a la forma en que usamos los computadores hoy en día. Ya hace años (más de 15) que estoy convencido de que todas las personas deberían aprender las artes ocultas de la programación y ahora el panorama cambió radicalmente. La posibilidad de producir software y su carácter emancipador se aceleran a un ritmo sin precedentes. Como si los computadores se acercaran cada vez más a su objetivo primigenio: potenciar nuestras propias capacidades y hacer magia.

Hay que doblegar la voluntad de la bestia sombría y usar su poder a nuestro favor. Esto requiere empaparse a tope de estas nuevas tecnologías y nuevos conocimientos, llenar nuestra bolsita de pociones, porque los “Señores Oscuros” de este mundo ya lo hicieron y saben perfectamente cómo usarlas para sus propios intereses.

Como dijo alguna vez Carl Sagan “El Cosmomante”:

“Crecemos en una sociedad basada en ciencia y tecnología, en la cual nadie sabe nada de ciencia y tecnología. Esta mezcla inflamable de ignorancia y poder tarde o temprano explotará en nuestras caras. ¿Quién está dirigiendo la ciencia y la tecnología en una democracia donde la gente no sabe nada al respecto?” [en élfico antiguo]

Pero yo qué sé.

René Martínez Sánchez.

Azúcar y Sal

El biógrafo oficial Carlos Baker (Ernest Hemingway: A Life Story) y su amigo cercano A.E. Hotchner (Papa Hemingway) documentan que caminar o conducir hasta El Floridita era la recompensa diaria tras una jornada agotadora de escritura. Era el espacio para desconectar el cerebro, y pedirle daiquiris al viejo Constantino, su barman de confianza. Así como el famoso Floridita formó parte de la vida de un escritor premio nobel, existen varios lugares que no solo fueron restaurantes, bares o cafeterías, sino que fueron auténticos cuarteles generales de la identidad urbana.

El mapamundi gira y el dedo lo detiene en Buenos Aires en donde mencionar el Café Tortoni es hablar del café más antiguo de Argentina. Fundado por un francés en 1858, el Tortoni empezó a recibir artistas y bohemios intelectuales como el pintor Benito Quinquela Martín quien abrió en el subsuelo "La Peña del Tortoni" para que la clientela no solo consuma, sino que pueda tener un espacio para encendidas discusiones políticas o literatura, al mismo tiempo que el café se ganaba la reputación de tempo del tango y el jazz de vanguardia. Carlos Gardel tenía una mesa fija reservada. La poeta Alfonsina Storni hizo de ese sótano parte de su legado que hoy es identidad porteña.

En Santiago de Chile ocurrió con La Peña de los Parra fundada en 1965 por los hermanos Isabel y Ángel Parra (hijos de la icónica Violeta Parra). Este espacio no respondía a ninguna lógica comercial. Nació explícitamente para revivir el folclore de raíz campesina y dotarlo de un compromiso político y social. Fue el epicentro absoluto de la Nueva Canción Chilena. En su escenario entonaron sus primeras composiciones acústicas (sin micrófonos) de artistas como Víctor Jara, Rolando Alarcón y Patricio Manns. La dinámica gastronómica era comunitaria y austera, en los intermedios se compartían empanadas, anticuchos con pebre y vino tinto servido en mesas sencillas iluminadas con velas. Los muros del lugar, cubiertos de firmas de intelectuales de todo el mundo, funcionaron como un manifiesto vivo hasta su clausura tras el golpe de Estado de 1973. Es un monumento histórico de Chile.

En 1954 apareció en Barranquilla Colombia el Bar Restaurante La Cueva, que empezó como un rústico punto de reunión para cazadores y amigos del intelectual José Félix Fuenmayor, terminó convirtiéndose en el refugio del legendario Grupo de Barranquilla. Las mesas de La Cueva presenciaron las acaloradas tertulias de un joven Gabriel García Márquez, Álvaro Cepeda Samudio, Alfonso Fuenmayor y el pintor Alejandro Obregón. La comida del Caribe colombiano (pescados, carimañolas) y el ron se mezclaban con el desfile de músicos locales de cumbia, porros y piezas de jazz que los mismos intelectuales importaban en discos de vinilo. La Cueva funcionó como el laboratorio intelectual donde se gestó la renovación de la literatura y el periodismo colombiano del siglo XX. Las discusiones artísticas sostenidas en este restaurante sentaron las bases estéticas que más tarde nutrieron las estructuras del realismo mágico y la literatura de vanguardia en el continente. Hoy es un bien de interés cultural de Colombia.

Empecé este texto mencionando la relación de Ernest con su amigo barman del Floridita con total premeditación. Estimado lector, le quiero contar que en los días iniciales del restaurante me recibía Cristina con un vino o una cerveza, incluso un día me sirvió una infusión a razón de mi gastritis. Así como Constantino, Storni, Los Parra, o José Félix Fuenmayor... Las Moritas (incluyo a Nedalia antes conocida como Dani) son el mejor secreto del Sucré Salé, ellas te reciben con una sonrisa después de una jornada agotadora de trabajo en uno de los pocos lugares donde se promueve y rescata el talento de los músicos locales que interpretan jazz, trova, u otros géneros. Apostarle a la cultura y su difusión es resistencia en épocas en las que callarse es la norma. Bulla dulce o salada, usted escoge.

Darío Orellana Rodas

Locutor del programa "El Interruptor" en 102.1 Tomebamba FM. Sus textos han sido publicados en revistas como Coloquio de la Universidad del Azuay, Monda y Lironda de la Casa de la Cultura del Azuay, Revista Chispiola, Revista Yoko Magazine, Revista Inhaus, fue editor de estilo de vida en la revista BG Magazine, escribe el blog El Joven Dario.

por: Darío Orellana Rodas

CUANDO EL ARTE SE APODERA DE LAS CALLES

Durante los 13 años de Sucré Salé, hemos creado un lugar seguro para los artistas que deseen difundir sus proyectos artísticos. Nos encanta vincular directamente al artista y al consumidor, de una manera íntima, romper las barreras de un escenario lejano y sentir la calidez del arte. Sin embargo, este no es el caso cuando el artista decide usar los espacios públicos con el propósito de expresarse o entretener.

Los artistas se ven constantemente amenazados por las figuras de orden público, en especial ‘La Guardia Ciudadana ‘. Lo que nos lleva a cuestionarnos, si Cuenca es una ciudad cultural ¿Por qué limitamos la participación de los artistas en lugares públicos?

El Municipio de Cuenca ha delegado la Ordenanza Municipal Reguladora Del Uso Del Espacio Público Para Arte Grafiti Y Mural, así Como Para Difusión De Información. La misma que delimita los espacios en los que se puede compartir arte dentro de la urbe, la ordenanza indica que “La constitución garantiza acceder y participar del espacio público como ámbito de deliberación, intercambio cultural, al disfrute pleno de la ciudad”. Sin embargo, los artistas se han visto amedrentados en múltiples ocasiones por figuras de orden público.

Con propósito de ejemplificar lo que sucede en la calle con los artistas que deciden expresarse en espacios públicos, he entrevistado a dos artistas que admiro mucho, tocan constantemente en el escenario de Sucré Salé y también aprovechan las hermosas calles de Cuenca para acompañar con su música a los transeúntes. Sus nombres permanecerán anónimos por cuestiones de privacidad.

Entrevista a T.N

¿Qué es lo que te motiva a tocar en espacios públicos?

Compartir música, me gusta ver la reacción de las personas que pasan. También es un buen momento para aprovechar y tener otra fuente de ingreso, en especial con los feriados. Me parece que Cuenca es una ciudad muy bonita como para que no haya artistas que acompañen esa belleza. Las ciudades se contaminan también con ruido del tráfico, pero si en una ciudad tienes la oportunidad de escuchar artistas que se expresan en la calle, me parece que es algo ideal.

¿Qué problemas has tenido cuando tocas en espacios públicos?

Principalmente con la guardia ciudadana, a veces nos tratan como delincuentes, como si usar las calles para compartir arte fuese un acto criminal. A la gente le gusta mucho cuando toco, pero incluso ha habido veces en las que se reúnen hasta 5 guardias ciudadanos para pedir que me retire. No reaccionan así cuando aparece un ladrón, o cuando se escucha que hay alguien en estado de embriaguez alterando el orden. Nos tratan como criminales.

Entrevista a D.C.

¿Qué es lo que te motiva a tocar en espacios públicos?

Poder expresarme y enfrentar a un nuevo público que no se espera encontrar música en vivo, hay gente que es indiferente, pero es grato cuando hay quente que aprecia lo que escucha y te dan su apoyo.

¿Qué problemas has tenido cuando tocas en espacios públicos?

Las figuras de autoridad como policías y guardia ciudadana, a veces piensan que los artistas callejeros portamos algo ilegal o que usamos el espacio público porque somos vagos. Lo que hacemos los artistas en los espacios públicos es trabajar, no tenemos trabajos convencionales de 9h00 a 18h00, nuestra oficina es el mundo, nuestros clientes las personas que aprecian el arte. No se debe criminalizar a los artistas por ejercer uso del espacio público.

Ambos testimonios exponen cómo son tratados los artistas, si bien son personas que tocan en casi todos los escenarios de la ciudad, al momento de querer compartir su arte en la calle, no es la gente quien los desprecia, son los propios agentes del orden que impiden el desarrollo del arte y la cultura en Cuenca.

Debemos crear y permitir espacios seguros para el arte urbano en Cuenca, hay mucho talento que debe ser escuchado de esta manera menos convencional. Incluso, es un atractivo turístico que podría caracterizar a nuestra hermosa ciudad.

por: Nedalia Mora

Desde 2011

Desde hace 15 años hemos creado un concepto único en la ciudad de Cuenca, fusionando la gastronomía con el arte, música y cultura

Sucré Salé nació en el año 2011 como un sueño de Cristina Mora, una apasionada del arte, la música y la buena mesa. Lo que comenzó como una cafetería acogedora en medio de la ciudad, se transformó —con el paso de los años— en un espacio vivo, donde la gastronomía se encuentra con la creatividad y la cultura florece en cada rincón.

Desde sus inicios, Cristina imaginó un lugar distinto: no solo un sitio para tomar café o compartir una comida, sino un refugio para los sentidos, donde cada plato cuente una historia y cada visita se convierta en una experiencia. Su amor por el arte y su compromiso con la comunidad artística local hicieron que Sucré Salé se convirtiera en un escenario para músicos, pintores, poetas y soñadores.

Año tras año, hemos evolucionado junto a nuestra comunidad. Incorporamos nuevas propuestas culinarias, abrimos nuestras puertas a exposiciones, recitales, ferias culturales y talleres, y fortalecimos nuestra identidad como un centro de gastronomía, arte y cultura. Hoy, seguimos siendo un espacio de encuentro, de creación y de inspiración.

Y así, desde el 2011 hasta hoy, seguimos construyendo una historia que mezcla sabores, pasiones y momentos inolvidables.

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